Hace un tiempo empecé con algunos problemas de salud, crónicos, de esos que no van a solucionarse nunca o que sólo encontrarán su final con, bueno, el final. Tengo cuarenta años y, con altibajos, mi vida nunca había tenido esa constancia. La había buscado, claro. Deseé durante mucho tiempo encontrar aquello que resultara inmanente, lo que definiera, de una vez y para siempre, quién soy. ¡Ay!, si le habré dedicado años de terapia a responder esa pregunta que, como un agujero negro, se tragó mi tiempo y pastillas.
Traté de encontrarme en lo que hacía, explorar las artes, la academia, los ámbitos profesionales. Fracasé una y otra vez.
Me hallé finalmente como padre y creí que “quién soy” era “lo que hago con la vida de los otros”, pero la vida es taimada. Se guardó una carta que me tiró en la segunda sin esperar siquiera a que alguien cante el retruco.
El cuerpo está ahí.
Soma, ser y estar.
A veces pienso en que aún tengo tiempo de ser… más. Tengo esa vieja sensación de que estar es solo instrumental para lo que soy o puedo llegar a ser. Es mi yo viejo, el joven, el que me confunde. Ese yo es el que recibió como novedad que las dolencias parasiempristas están llamadas a deshacer la confusión, a ubicarme en el camino correcto.
Este cuerpo que hoy vi al espejo, estos ojos que solo reflejan la luz, estos dedos doloridos deformándose segundo a segundo, estas canas invadiendo mi pelo y barba, este dolor sordo en el pecho cuando me ejercito mínimamente, esta lentitud al caminar que trato de ignorar.
Este soy.
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